Un grupo brillante.


Me váis a permitir que en esta ocasión me salga del estilo habitual de mis posts (si es que existe tal estilo).

Hace unos días, en plena preparación del evento TEDxAndorralaVella (del que formo parte como «curator»-organizadora), hice esta fotografía que colgué en mi cuenta de Instagram. La mano es de Pere, uno de mis compañeros de fatigas en esta aventura y me mostraba orgulloso una bombilla que les habían regalado a cada uno de los 650 organizadores de 90 países (ni más ni menos) que asistieron al evento TEDxSummit en Doha (Catar).

El hecho de contemplar esa sencilla imagen me reconfortaba, porque veía una representación de nuestro grupo; un compendio de diferentes componentes complementarios que acaban formando y produciendo un producto final (aunque suene pretencioso), brillante.

Podemos jactarnos de haber mejorado sobremanera respecto a las dos ediciones anteriores, que realizamos con presupuesto cero, tirando de contactos y agradeciendo a los ponentes que vinieran a Andorra por su cuenta y riesgo. En tan sólo tres ediciones hemos conseguido que se nos incluya con todos los honores en el mapa de TEDx que se organizan en España.

También hemos aprendido de muchos errores y el disponer de esponsorización ha ayudado mucho, sin duda; pero bajo mi punto de vista, sobre todo por haberse cohesionado el grupo y habérnoslo pasado «fenomenal». Tanto, que días después notamos un cierto vacío por la falta de actividad frenética y el hecho de estar acompañados los unos de los otros y de toda la gente que ha estado con nosotros.

Somos un grupo de voluntarios que ponemos todo nuestro empeño, tiempo e incluso dinero para que este proyecto salga adelante; y sin esperar nada a cambio, oigan; algo impensable por estos lares. Son muchos los que a estas alturas aún preguntan qué sacamos de aquí, y es que no se dan cuenta que no todo es material, que ganamos en bienes intangibles: amistad, nuevos conocimientos y experiencias, el sentirnos orgullosos por compartir con todo el mundo ponencias e ideas que no se darían si no fuera por una iniciativa de este tipo, lo que es en definitiva, generosidad. Llamadme ilusa, no me importa.

Será quizás por nuestra propia predisposición (al menos en mi caso así ha sido), que han habido muchas risas, buenos momentos, frases y bromas que quedarán para la posterioridad de #TEDxAnd, surgidas entre bambalinas, durante el evento, en la cena del equipo organizador con los ponentes, en las charlas de grupo de Whatsapp (en qué momento se me ocurrió abrirlo), miles de e-mails, etc. Y dado que somos un grupo abierto, el mismo día se nos añadieron más personas que ahora ya formarán parte para siempre (hasta que ellas quieran) de esta familia.

Tengo fama de «emprenyadora», pero qué le vamos a hacer, alguien tiene que hacer de martillo percutor 😉

Le dedico este post a mis compañeros de TEDxAndorralaVella, estoy súper orgullosa de vosotros: Elena Aranda, Pere Armengol, Xus Boya, Marina Castillo, Felipe Gallardo, José Nevado y Joan Pujal.

Cruce de caminos


Imagen

Últimamente la palabra «camino» viene de manera recurrente a mi mente. Quizás sean los muchos cambios y novedades que he vivido en el último año y medio los que me crean esa imagen mental (tengo memoria visual) del laberinto de sendas y rutas a escoger y recorrer.

A veces me paro a pensar en las casualidades, causalidades, coincidencias y otras hierbas. Hasta qué punto algunas situaciones pasan porque deben ocurrir o porque lo hemos provocado.

Por ejemplo, conocer a alguien en principio por coincidencia, mantenerle en tu vida (si es que lo permite) y que pase a ser una parte muy importante de ella por decisión propia.

Suelo marcarme objetivos de largo recorrido, carreras de fondo, de esas metas que tardas tanto en conseguir que son innumerables las ocasiones en las que estoy tentada a tirar la toalla porque pienso que estoy perdiendo el tiempo o esforzándome para nada. Pero en el fondo de mi mente algo me dice que llegará a ocurrir, aunque pasen años; y así acaba siendo, aunque el transcurso de tiempo es tan largo que nadie más salvo yo lo recuerda.

Para llegar a esos propósitos son muchas las travesías a tomar, muchas personas con las que te cruzas y como contaba en un post anterior, pueden o no acompañarte en el viaje.

Mis amigos, los que verdaderamente me conocen, siempre me dicen que tengo un radar con las personas (otra cosa es que haga caso a las señales que yo misma detecto). No puedo/quiero evitar hacer todo lo posible por mantener a mi lado a quienes considero buenas personas, pese a que su apariencia engañe; obstinación que mantengo aunque el feedback no sea el mismo por ambas partes, porque sé que acabaré dando la vuelta a la situación.

Espero que algún día nuestros caminos se crucen y tomemos juntos la misma dirección.

Siguiendo el camino marcado


Paciencia, contemplación, observación, o la falta de ellas.

Como bien escribió José Nevado en un comentario a uno de mis posts: «Pasamos por la vida cómo si fuésemos a vivir siempre. La disfrutamos con esa actitud tan humana de codicia y desentendimiento, disfrutando de las cosas casi como si las mereciésemos…». Pero en ocasiones me pregunto si realmente disfrutamos de las cosas y todo lo que nos rodea.

Vivimos bajo la presión de marcarnos y vivir objetivos. Siempre hay una meta a alcanzar, y en el caso de no llegar hasta ella, podemos caer en el castigo autoimpuesto de denominarnos fracasados. Ya desde pequeños estamos encorsetados en ello; tener buenas notas, la mejor educación, carrera profesional meteórica, casarnos «bien», tener hijos (cómo no), ser una familia modélica, a poder ser lo que se dice estar bien acomodada económicamente, etc. Y mientras estamos ocupados cumpliendo todos esos buenos propósitos, ¿qué es de nosotros?

En ocasiones vamos como pollos sin cabeza, corriendo de un lado a otro, sin percatarnos tan siquiera quién tenemos al lado, qué nos rodea. Una de las cosas que he aprendido gracias a mi pequeño hobbie fotográfico es bajar el ritmo, intentar ver desde otra perspectiva los lugares, personas y objetos que me rodean, en mis trayectos al trabajo, el lugar donde resido, etc. Aspectos que con el trajín habitual me pasarían desapercibidos. Seguro que a más de uno os ha ocurrido que os miren de manera extraña, como pensando: pero, ¿qué fotografía esta loca? y yo me río, no saben lo que se están perdiendo.

La vida, ese camino (a veces circular) por el que paseamos, corremos o tropezamos una y otra vez con la misma piedra. Si tenemos la suerte de conocer a alguien interesante, especial, divertido/a, ¿porqué no parar nuestra marcha para disfrutar de su compañía? ¿Porqué seguimos adelante diciéndonos a nosotros mismos: mañana vuelvo; ya le llamaré; ya le diré…»? y ese momento muchas veces nunca llega.

Cada uno de nosotros/as sobreentiende los espacios vacíos (de tiempo y los silencios) a su manera, con los malentendidos que ello conlleva. Qué más da de dónde venimos y a dónde vamos; si la suerte ha sido haberte/ros encontrado. Pero dímelo, díselo, decídselo. Te prometo que yo también lo haré. Que la vergüenza «social», de lo que está bien visto o no, no nos frene. Que el demostrar sentimientos no sea un motivo de burla.

Tengo recuerdos de mi infancia dando paseos kilométricos y jugando por uno de aquellos caminos de tierra delimitados por grandes árboles, cuya sombra nos resguardaba del sol veraniego. Cuando alguien me interesa especialmente, imagino un largo y tranquilo paseo por aquel lugar, conversando libremente, sin preocupaciones ni tabúes. Al fin y al cabo esta imagen mental no es más que un deseo de querer esas personas en mi vida, mi camino, mi trayecto.

¿Damos un paseo?

Nota: este post está inspirado en esta fotografía de Instagram de José Nevado: http://instagr.am/p/HoTD7uSiGD/ 


Tras mi caparazón


Siempre me ha hecho gracia verle rodeado de gente mariposeando a su alrededor (generalmente mujeres). De hecho es una situación que él mismo provoca. Es de aquellas personas por las que no sabes muy bien porqué, uno se siente atraído, como si un pequeño e imperceptible hilo tirara de tí hacia él. Sin embargo, quizás conocedor de esa situación o por puro agobio, al mismo tiempo te empuja hacia el exterior de su círculo vital, como si de dos polos iguales que se repelen se tratara. Justo son estos movimientos de vaivén emocional lo que provocan es que te sientas aún más cautivado por esa persona, porque tendemos a querer lo que no tenemos.

Pero curiosamente, se siente solo. Soledad auto provocada quizás. Soledad en compañía; de ese tipo silencioso del que nadie se da cuenta.

Algo que me fascina es esa dualidad entre cómo nos sentimos y vemos a nosotros mismos, y cómo nos perciben los demás. Raramente coinciden, o al menos no plenamente. Hay muchas variables de las que no somos conscientes, comenzando por el lenguaje corporal, movimientos y tics que se escapan a nuestro control voluntario.

Si se trata de medio escrito, como éste, (sobreentendiendo de por sí que falta el tono de voz) dependerá mucho del vocabulario utilizado (y nuestras connotaciones personales que tengamos sobre cada palabra) y de si se conoce o no al que escribe para entender el mensaje de una manera u otra. Un mensaje escueto, una ironía, pueden provocar una sonrisa o ser absolutamente demoledores. Cuantísimos inequívocos creados por cuatro palabras mal entendidas o un punto fuera de lugar…

Pero vuelvo al tema de la imagen que proyectamos. Seguro que a vosotros os habrá ocurrido, que hay aspectos de nosotros mismos que desconocíamos y hemos aprendido (y seguimos haciéndolo) gracias a los demás; gente cercana por supuesto. En mi caso, lo hago intentando verme desde fuera (momento contorsionista del día), y procurando asimilar dicha información (a veces no es fácil y nos negamos a la evidencia).

Gracias a ello, puedo descubrir aspectos que limar, que mejorar o utilizar. Con utilizar me refiero por ejemplo a que si me considero una persona muy tímida, pero mi aspecto es el contrario y soy consciente de ello, puedo utilizarlo en mi beneficio, a la hora de defender una postura en una reunión, o en el momento de hacer nuevos contactos, aunque por dentro sepa que me muero de vergüenza.

No quiero hacer una oda a la falsedad, pero sí considero y creo firmemente que podemos mejorar y hacer un poco más allá de lo que creemos somos capaces; aunque el cansancio haga mella, o la pereza y el «yo no puedo, no soy capaz» sean tentadoras auto excusas.

Como diría mi amiga Noemí: ya se sabe, nadie es perfecto 😉

Estoy aquí.


A raíz de mi anterior post, tuve la suerte que Migue Lopez Mar @miguelopezmar se atreviera a dejar un comentario en una de mis publicaciones (podéis leerlo aquí: https://pilarz.wordpress.com/2011/09/12/historias-ya-olvidadas/#comments), el cual me hizo reflexionar sobre un tema que ronda en mi cabeza cada cierto tiempo de manera recurrente.

Hoy en día nos basamos en cifras, cantidades, medias, %, etc. para medir casi todo lo que nos rodea, sobre todo en las redes sociales: fama, alcance, “engagement”, Klout, visitas, ingresos, etc.; incluso el % de batería restante de nuestro smartphone o tablet, algo tan importante para un twittero. 😉

Las cifras, pese ser las que son, tienen un punto de subjetividad bastante importante, aunque la mayoría de veces no reparemos en ello. Por ejemplo, pongamos que tenemos 500 seguidores en una red social como es Twitter. A los usuarios que a día de hoy tienen entre 50 y 150 les parecerá una barbaridad, y a otros que rondan los 5000 una menudencia. Otro cantar es cómo se obtienen esas cifras, pero creo que este no es lugar para entrar en esas cuestiones (al menos en esta ocasión no).

En mi caso, siempre he dicho sin falsa modestia, que no doy relevancia alguna a este tipo de cifras, aunque para qué engañarnos, por supuesto es halagador que te sigan casi 2500 personas, empresas o bots. Son cifras volubles, que a mi personalmente tampoco me aportan nada especial (a no ser que se tratase de una cuenta de empresa o similar), sólo a regodearnos mirándonos el ombligo de vez en cuando (excelente ejercicio de Pilates para la espalda, por cierto).

Y ahora es cuando llego al quid de la cuestión que quería tratar. Simplemente son “x” usuarios que en un momento dado han clicado sobre el botón “follow”. ¿A qué le doy importancia? A quienes realmente interaccionan conmigo; y os aseguro que de esa (enorme para mí) cifra de seguidores, el % es muy pequeño.

Me decía también la semana pasada mi admirada @anaaldea que sabía más de mí y de mi vida que de sus propias amigas, que nunca tenía oportunidad de visitar/quedar por falta de tiempo.

En ocasiones me he preguntado por la de gente que debe leerme y me sigue la estela de lo que cuento de mi día a día, mi hija, las fotografías que publico, mis mensajes crípticos, etc.; leen e incluso asimilan todo ello, pudiendo llegarles a parecer como si me conociesen de toda la vida; pero nunca me han dicho nada ni han intercambiado palabra alguna conmigo, y me consta que existen (y no necesariamente son starlkers). Quienes participamos activamente en una red social en muchas ocasiones no somos conscientes de ello; si una se para a reflexionar un poco sobre esta cuestión es incluso inquietante. Yendo un poco más allá, a parte de los propios seguidores “identificados”, están todos aquellos que nos siguen mediante listas ocultas o RSS.

Pero no nos centremos sólo en las redes sociales; cualquier medio escrito digital como los foros, e-mails, chats, prensa digital, etc., acusan de la falta o exceso de interacción.

¿Por qué ocurre esto? Por supuesto cada persona tiene sus motivos. Personalmente tengo la costumbre y filosofía de contestar a todo el mundo, hasta tal punto que parece que quiera tener la última palabra, pero simplemente quiero ser amable y atenta, como me gustaría que fueran conmigo. Reconozco que me encanta tener feedback de todo, pues considero que es entre otras cosas un prueba-error excelente, de donde aprender y enriquecerse con nuevos puntos de vista. Muchas otras personas leen, sonríen, fruncen el ceño o hacen una mueca de escepticismo (como quizás ahora mismo estás haciendo) mientras leen y no pasan de ahí, seguramente porque consideran que no hay nada más que aportar.

Creo que a veces, quizás debido a inseguridades, esta falta de reciprocidad puede llegar a generar lo que suelo llamar “soledad digital”. Rodeado/a en teoría de decenas o cientos de personas, pero sin sentirse arropado/a, comprendido/a, leído-escuchado/a, animado/a, etc., por tener esa sensación extraña de estar hablando con la pared. Seguro que alguno de vosotros ha tenido esa sensación o similar en algún momento. ¿Cuántas veces hemos publicado un link, un texto o fotografía con la mayor ilusión esperando reacción de los demás y ésta ha sido nula?

Ante todo, no olvidemos, que tras la pantalla, suelen haber personas (incluso lo son los trolls aunque se les moje o den de comer pasada la media noche). 😉

Brotes verdes


No, no voy a escribir sobre datos económicos ni creación de empleo. Desafortunadamente esa expresión ha caído en la mayor de las desgracias al relacionarse con cierta situación política reciente que creo casi todos conocéis.

Confianza. Confianza y amistad como valor añadido. Qué fácil es mencionar esas palabras; qué difícil tenerlas y mantenerlas.

Precisamente ayer elucubrando (como en casi todos nuestros encuentros) con mi amigo Felipe hablábamos sobre este concepto. Confianza como un «creo en ti» pleno y completo, pese a no ser expresado explícitamente. Y es que como bien decía mi amiga Amaia: «el movimiento se demuestra andando», se ha de demostrar con hechos.

Siempre me ha sorprendido su plena confianza en mí, en querer ayudarme desinteresadamente y que forme parte (aunque sea mínimamente) de casi todos los proyectos que inicia. Puedo explicarle lo que quiera (aunque nos solemos entender con pocas palabras). No me va a juzgar; de hecho nunca lo ha hecho. Yo tampoco a él. Puedo considerarle a día de hoy y sin dudarlo un momento uno de mis mejores amigos.

No soy la única persona con la que ejerce esa generosidad hacia los demás; precisamente la conversación surgió a raíz de la confianza que tiene en un amigo mutuo; otra persona sumamente generosa por cierto, que me ha dado la oportunidad de leer el borrador de la autobiografía que está escribiendo.

¿Cuántas veces nos han mostrado y demostrado que creen en nosotros sin que ello supusiera una carga moral y/o emocional?

Esos son mis brotes verdes. Esos pequeños detalles que te van dando ilusión, vida y alguna sonrisa al acordarme de estos momentos.

Quisiera pensar que a todos aquellos que me rodean y saben que les aprecio, mis acciones expresan y demuestran: «creo en ti», porque es así.

Network


Redes sociales, amistades, contactos profesionales…

Me considero una persona bastante crítica (¿criticona quizás?) respecto a mi entorno, lo que observo, leo y ante todo, sobre mí misma. Aun así, la mayoría de veces guardo mis opiniones, generalmente porque no estoy segura que se me comprenda, y en general porque aunque a algunos se les llene la boca de lo sinceros que son, nadie está preparado para asumir las franquezas crudas, sin vuelta y vuelta previa. De hecho, pienso que en muchas ocasiones este apunte crítico, irónico e incluso sarcástico, se malinterpreta e intentan convertirlo en envidia o rencores posiblemente acumulados a través del tiempo. Nada más lejos de la realidad. Mi «problema» es muy sencillo: tengo muy buena memoria y una de mis frases de cabecera es: «el movimiento se demuestra andando».

Y es que a veces no entiendo algunas situaciones; todos nos debemos a un % de hipocresía, pero  la cantidad depende del grado de aguante de nuestro estómago y/o gustos, e incluso ambición del protagonista. Negarlo es rebatir lo evidente, nos debemos a ello para formar parte de la sociedad, la red interpersonal que nos mantiene no alienados de nuestro entorno.

Desde luego, a estas alturas no voy a descubrir el fuego ni es mi intención. Sólo subrayar que no entiendo algunos movimientos entre grupos de personas. Curiosamente no suelen caerme bien los más populares y que gustan a la mayoría. A veces me enfado conmigo misma, debería eliminar de mi vista este tipo de personas si no me agradan; pero tiendo a ser generosa y pensar: «Seguro que te equivocas».

Se escapa de mi comprensión algunas muestras de aprecio que sólo con observar un poco, puede vislumbrarse que no son tal, sólo son “jaleadores” que a su vez quieren su porción de atención y visibilidad. ¿A quién le amarga un halago? a nadie, sin duda. Ante todo, recordar que ya somos singulares, comenzar por nosotros mismos, convenciéndonos de ello. Las ansias de salir del anonimato, sentirse único a base adulaciones ajenas sólo puede abstraernos de la realidad y alejarnos de las personas y situaciones realmente valiosas. Esos mismos jaleadores van y vienen. Hoy eres tú, mañana será otra persona que le preste más atención o le sea más propicia para sus objetivos.

Detesto la hipocresía, salvo la estricta y obligatoriamente profesional; los fanfarrones y encantadores de serpientes. Aquellos que sabiendo de sus limitaciones, no son capaces de asimilarlas y aprovechan el trabajo y esfuerzo ajeno para asumir esos logros como propios.

Llamadme ilusa, pero creo en la amabilidad y generosidad sin esperar nada a cambio. En el cariño demostrado sin miedo a doble lectura o rasero. En el diálogo y empatía, que cada vez son menos comunes.

Grandes avances en medios de comunicación, y sin embargo, cada vez más aislados en nuestra propia isla cuyo centro es el ombligo.

Replanteamiento


He estado mucho tiempo dándole vueltas qué hacer con el blog; si olvidarlo definitivamente, volver a él, y el tal caso qué temática o enfoque darle. Nada, no me aclaro.

A veces creo que le doy demasiado vueltas a las cosas por lo perfeccionista que soy; quiero que salga todo a la primera y que la temática tenga interés, no por reconocimiento social, pero sí por no hacer el bobo de mala manera.

Es precisamente cuando me releo, que siento a veces vergüenza ajena por exponer sentimientos y emociones a la vista de todos. Os parecerá ridículo, pero forma parte de mi manera de ser; una manera de autoprotección que en realidad no protege de nada…

Al final haré como me recomendó alguien muy estimado: déjate llevar… Y es lo que pienso hacer.